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Sobre el barro y el metal

1 Comentario 24 February 2010

Sobre el barro y el metal

  Con agenda e intenciones periodísticas prolijas, me vuelve a asaltar la idea de no cumplir con mis manuales. Esos que tengo para mirarlos con admiración y mirarlos de vuelta para ver si equilibran bien la mesa, fijarme si necesitaré otro de estilo para emparejar el desnivel y que no se me caigan los 73 lápices negros que tengo.

  No es un blog, ciertamente no encontrarán cuentos, ni novelas, pero las cosas por su nombre, lo del Cosquín Rock señores, no será una crónica, aunque algo me dice que debo largarlo.

  A las diez y media de la noche rumbeo a la comuna San Rocke en un colectivo local para ver el segundo día del Cosquín Rock.  

  El viaje embarradísimo, de un día más embarrado aún y con la sensación de la Remington mental atascada con mucho, mucho papel.

  Sin poder superar el abandono de Palazzo y sus acreditaciones, tuve las buenas ansias de ir igual a los tres días para traerles, como bien dice el ambicioso nombre de la página: Crónicas.

  El primer día no fui, no estaba, estaba en otros lugares. El segundo día prometía metal y granizo. Arranqué para La Comuna. El tercer día descansé (¡qué ego!). No, en serio, estaba echa pelota.

  Llena de barro, llegando tarde o justo a tiempo, apuro mi paso para el metal y Sepultura desentierra sus clásicos en colinas resbaladizas. Maldito denim, jean, vaquero, como quieran decirle, que ha acompañado siempre al rock y más, resulta ser lo más pesado y áspero cuando es una campera con una veintena de recitales encima, está lloviendo y te decís: No aprendo más, sólo yo sigo pensando que esta mierda es impermeable.

  Miro hipnotizada a Derrick Green (voz y guitarra de Sepultura) que con una fuerza increíble en el escenario, marca los tiempos sacudiendo el micrófono inalámbrico convirtiéndose en una especie de Depredador versión metal.   De pronto modifica totalmente el tono de voz y canta una estrofa de Aquarela do Brasil…casi me relajo.

  En ese momento me azota la cabellera rubia de una chica de 23 (¿o serán 20?), junto a un compañero de viaje con el pelo más largo que el de ella, quienes (con cervicales a estrenar) no dejaban de hacer girar sus cabezas al compás de Roots bloody Roots.

   No eran los únicos, varias decenas de vértebras marcaban el paso de este Brasil que tiene el aura mezclada con UK, Ohio y Detroit.

  De donde estaba, apenas escuchaba a un lejanísimo Pity Álvarez (muy celebrado, por cierto) que repetía  el repertorio del día anterior. Las sierras y su acústica no tenían la culpa del tempo que yo escuchaba que Viejas Locas ofrecía, y mucho menos de la ausencia de Callejeros esa noche. Sé que dieron un excelente show.

   Mi remera de los Stones pedía estar ahí, pero por una pesada razón, mi razón ese día era metal. Razón ciertamente no stoniana, ciertamente lejos de Jamaica. Era una noche oscurísima, necesitaba metal, obedeciendo la sombra de los árboles que cubría a algunos desprevenidos de tanta lluvia. Los brazos en alto declarando más oscuridad, no entienden del tiempo, ni del que pasó desde el primer acorde de Black Sabbath (y antes aún) ni del que habla del clima en sí.

  El metal no entiende de razones. Es visceral, dogmático, tranquilamente furioso, te enamora, devora, escupe y vuelve al doble pedal. Territory envuelve a los fanáticos de Sepultura.

  La noche esperaba algo local. Me encuentro diciéndome  “mi sentimiento criollo no se echará a perder” y veo a un Iorio (voz de Almafuerte) que prometía su patria, y se desplegó así. Contrario a cualquier profecía, panfleto o prejuicio, no ví (por lo menos yo no ví) ningún pogo grande, salvo algunos aislados.

 Hablo (si se me permite la banalidad de definirlo y así destruir el concepto) de ese chocar de amores, violencias, fármacos, delirios, ganas de saltar, marcar el ritmo, compartir un ritual, pertenecer. Vi algo que me impresionó más. Vi cientos de estandartes en formas de dedos que dibujaban la M, había una marcada de territorio que rayaba lo solemne.

  Remeras de Hermética, V8 y Almafuerte, totalmente empapadas, mostraban el tremendo árbol genealógico que Iorio lleva encima. Ese mismo patriarca que cantó Resiste hoy, Patria al hombro y tantos himnos más.

  No hacía falta espamentos, había pocas banderas, salvo una negra que con letras rojas y blancas declaraban Almafuerte y Perón. Estaba sólo el canto del líder y su coro de cientos bajo la lluvia.

  Ricardo Iorio, con ese tono irrepetible de voz, tiene esa mezcla de predicador, tanguero, metalero con varias cadenas, guitarras y un par de perros vagabundos en la casa (imagino yo) y padre adoptivo de muchos de los que estaban allí, decía: “¿Y cómo quieren que esté la cosa si una puta gana más que una maestra?…” Corría unos cables hacia un lado y concluía “Me voy a quedar pegado, che…”.

  Hablar de cómo se vive esto en un estadio, en un garage o en el medio de la nada, es absurdo, redundante, irrespetuoso. Soy irrespetuosa.

  Es como pretender explicar un escupitajo punk. Simplemente no se hace. Se vive, si es que se pertenece, si es que realmente se dimensiona el barro y su metal.

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1 comentario

  1. FonkyNero says:

    NO me gustaría encontrarmelo de noche, medio mamao y algo caliente al Derrick ese, que querés que te diga…So sweet el detalle de Aquarela do Brasil.

    En cuanto a Iorio…nada, al Igual que a P. Alvarez, solo que a P. Alvarez lo considero lo peor que le pasó al R&R vernáculo…Iorio verna, Álvarez…que analogía…bueno, ohy estoy…

    Eso si, sublime, acojonante, flasheante, el barro y su metal…genial el concepto!

    Fonky dixit.


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