Que habrá discos dobles, avenida doble mano, dobles intenciones, todo por dos pesos, por dos cabezas de dos nobles potrillos, por dos aspiraciones a algo, pero si de un doblete necesario hablamos, para mí es la experiencia de ver a Divididos. Se vive, quiérase o no, desde una doble mirada que los hace únicos.
A Divididos, por un lado, se lo puede vivir como a otra banda: uno ratonea el disco, cada tanto dignifica comprándolo en la disquería y se deja que la mula electrónica descanse. Compra la entrada, va y escucha…
Quien ha ido alguna vez a un recital de la Aplanadora, sabe que no tiene ese nombre porque sí. Es ahí donde se dimensiona esta dualidad, esa otra mitad de la moneda cortada que pocos encuentran. Hablo de que esta banda es más que una simple agrupación de músicos, reinjertos de un Sumo que sobrevivió, de alguna manera.
Nadie vuelve igual después de un recital de Divididos. ¿Fanática? Sí. Quizás el que lea esto tenga sus simpatías en otros lados y se identifique conmigo, pero hacia con otros grupos.
Es una nota descaradamente dirigida a los dolientes de Sumo, que seguimos enarbolando la ronquera de Luca en estos acordes Divididos, y Divididos…Las Pelotas!
Para los seguidores de Divididos los de Hurlingham son Paisanos de Hurlingham; los arrieros, son hijos dignificados de Atahualpa y reconfirmados desde Mollo, Arnedo y Catriel.
Los besos: por celular, y la identificación absoluta con el sábado, cuando sentimos que es un buen número el seis, porque “te permitís llorar”.
Un recital de Divididos implica empezar a colgarte cosas, como un pulóver que te va a joder el resto de la noche y lo adorás a la salida cuando también tenés un hambre increíble. La tradición sigue cuando comprás con desesperación (entre la euforia del recital y las tripas reclamando) los choripanes, empanadas o lo que venga, que suelen ser espantosos, pero paradójicamente son los mejores: Saltaste tres horas, lloraste, sobreviviste al 38 y sabés que estos paisanos se hacen esperar para repetir estos rituales.
Un recital de la Aplanadora conlleva asomarte lo más que puedas, cuando no treparte, para ver si Mollo saca de bolsillo o le tiran desde el público, una zanahoria, una papa o qué carajo, para destrozarla en sus punteos de Voodoo Child y regalar a sus cuerdas unos mordiscones como hiciera Hendrix.
Es tirar los documentos para que vuelvan con una púa adentro, como quien deja el diente bajo la almohada, sabiendo que vendrá un ratón generoso….Somos una familia.
Cielito lindo es una de las cosas más catárticas y bellas que te puedan pasar en un recital….Mollo y Arnedo juegan haciéndonos esperar los acordes exactos, desde la picardía de hacernos girar en el momento justo, para chocarnos en un eterno cielo dividido.
Divididos significa ver las formas de llegar a Tilcara en tren, a dedo, en auto. Entraña su ausencia de hace varios años en el Cosquín Rock y cómo duele. Creo que duele más que la larga espera de Amapola del 66, su flamante disco número 16. Ni el 6 ni el 38, como ese revolver que está cargado pero no se hace apretar.
El 23 de abril, la Aplanadora no va estar en su querido Jujuy, ni en anfiteatros pequeños, va a estar en el Orfeo Superdomo en Córdoba, que a los de la vieja escuela nos gusta, pero me parece que no nos termina de comprar.
No es River y no es un bar ratón….Pero para eso hay una sola pregunta posible. Este lugar, el Orfeo: ¿Tiene campo? Es lo único que se necesita.
Nos vemos en el próximo cielito lindo para festejar esta ansiada redención, no reedición.

